Ricardo Bofill Taller de Arquitectura
Libros
Taller de Arquitectura. Poemas
Taller de Arquitectura. Poemas
José Agustín Goytisolo
1976
Blume, Barcelona

Taller de Arquitectura. Poemas

1976
y aunque tus semejantes sigan sin entenderse
 
Mas allá de ideologías y proyectos
y de técnicas de trabajo para modificar el mundo
este cáncer llamado humanidad se multiplica
y corroe su entorno aceleradamente.

Como buenos parásitos deberíamos pensar
si sería mejor terminar de una vez devorándolo todo
o seguir más o menos como se ha hecho hasta ahora
con guerras profilácticas y controles e inventos.

E1 termitero tiene naturalmente la última palabra.

Lo malo es que ignoramos la manera
de responder a coro y en sentido unánime.


LA MURALLA ROJA

Vienes y no lo sabes
a encontrarte a ti mismo
nadie te ha detenido
al pie de la muralla
y ahora estás aquí
absorto y acongojado
y sin saber qué hacer.

La muralla no tiene
secretos hacia afuera
pero dentro silencio
ten cuidado no grites
¿escuchas esa música?
¿no te recuerda nada?
sí estuviste aquí
hace miles de años
jugabas sí ¿fue un sueño
o es tu imaginación
que te gasta una treta?
un laberinto era
un lienzo de colores
rojos como la sangre
rojos como el espanto
que hace temblar los pies.

¡Ah los pies! no profanes
con tus pasos e1 templo
¿te descalzaste afuera?
sigue sigue extranjero
penetra hasta la celda
que te aguarda y no pienses
detenerte o volver.

Ya no existe e1 regreso
nadie podrá salir
aunque su cuerpo lo haga:
este es lugar de sueños
donde todos se quedan
esperando esperando
la claridad de un día
sin tiempo y sin relojes
en el que 1as edades
los siglos los milenios
se confundan y abrasen
en una misma hoguera
alegre igual que un vino
de ignorada memoria.


WALDEN

I

Quisieron construir
un lugar muy diverso de los ya conocidos
un refugio en el aire
contra la indiferencia y la vulgaridad.

Allí soñaron un espacio libre
como una partitura abierta a mil sonidos
como una iglesia desbordando incienso
por ventanas y claustros y jardines.

Igual que en cueva o en castillo mágico
todo iba a cambiar en aquel sitio
todo iba a cambiar porque en el sueño
las cosas imposibles ocurren fácilmente.

II

Ah como se impusieron al deseo
las fuerzas más oscuras:
las ordenanzas y la tinta roja
mutilaron los planos y borraron la luz.

Todo en su sitio de una vez por siempre
quiten esos jardines y numeren las casas
vendan a metros cúbicos el aire
y acójanse a las normas más estrictas.


Y así quedé aquel sueño
reducido a unas pocas variaciones
mientras que la utopía se alejaba
perdiéndose en el cielo como un águila altiva.

III

Si un deseo es hermoso
cambia la realidad aun cuando falle
y así se puede contemplar lo hecho
como algo inhabitual y sorpresivo.

Allí se mezclan modos de vida diferentes
hay cierta intimidad en la colmena
se ven sitios de encuentro y de reposo
desafiando al aire desde su forma ambigua.

De lo ocurrido con aquel proyecto
el tiempo dejará señales en los muros.
Si el sueño fracasó fue porque todo
estaba preparado para que así ocurriera.



Los poemas aquí  reunidos se refieren, de un modo más o menos directo, a temas relacionados con la arquitectura y el urbanismo, en el sentido amplio y divertido que debe darse a estas disciplinas, cuyos límites y campos de acción, por otra parte, aparecen cada día más anchos y confundidos.

Una primera explicación del porqué de la temática común de estos poemas puede residir en el hecho de que siempre me han interesado los lugares de cobijo: rincones, cuevas, habitaciones, pasillos, edificios, plazas, estaciones de metro, y también, por supuesto, los ciudadanos y la ciudad como un todo. Los mejores recuerdos de mi vida están asociados a buhardillas, a ciertas habitaciones de hotel, a las casas que habité o en las que entré como invitado o como francotirador.

Me encanta la vida en las grandes ciudades, pese a los conocidos inconvenientes que ofrecen y a que la mayoría de las que conozco son de una fealdad esplendorosa. He nacido, vivo y trabajo en una ciudad que amo, que amo y odio, que me fascina y engaña, que muda de rostro, crece, se vuelve irreal, sádica, rodea mis sueños y mi melancolía, y me empuja a extraños lugares gratos o reuniones incalificables. Y deseo continuar viviendo aquí, pues no creo en el llamado retorno idílico a la naturaleza, a eso que ahora dicen el campo, como no sea para ir de caza o a bañarme en una playa.

Pero todo lo dicho no sería suficiente aclaración al hecho de que en mis últimos escritos aparezcan bastantes poemas relacionados con edificios, calles, barrios y sus gentes, y también otras composiciones que aluden concretamente a cuestiones espaciales, arquitectónicas o urbanísticas, a su problemática y a sus alternativas.

La explicación última es otra, y arranca de hace unos quince años, cuando empecé a charlar y discutir con Ricardo Bofill en diversos cafés y otros lugares de Barcelona. A él le preocupaba ya entonces el papel del arquitecto y del artista en la sociedad actual y en la futura. Estaba en desacuerdo total con la condición obtusa de su profesión, y afirmaba que solamente un trabajo imaginativo e interdisciplinario tenía posibilidades de conseguir una arquitectura vinculada a las necesidades materiales y culturales de los hombres de nuestro tiempo.

Bien, el resultado de estas conversaciones fue que me interesaron varios de sus argumentos, sobre todo los que se referían a su convicción de que trabajando en grupo y sumando distintas visuales, era posible proyectar y realizar edificios y barrios innovadores y más bellos, e incluso llegar a cambiar el aspecto de una ciudad o planificar y modificar la configuración física de todo un territorio. Y me interesaron estas cuestiones porque casaban bien con mi tendencia morbosa a imaginar habitaciones hondas, castillos laberínticos, calles como en continua fiesta, y a soñar en ciudades cambiantes en las que la gente se comportara de un modo insólito, es decir, más libre y creativo, menos estúpido. También me complació comprobar que Ricardo vivía con una de las chicas más bonitas y listas de la calle Calvet; digo esto porque siempre he desconfiado de artistas y escritores liados o pegados a mujeres u hombres feos, pues creo que les falla, de entrada, el sentido estético.

(Por favor, no me hablen de la belleza moral!)

En fin, que casi sin darme cuenta, entré a formar parte del Taller de Arquitectura, que por aquellos años parecía muy modoso y tranquilo exteriormente, pero en el que ya se incubaban una ambición, una osadía y una pasión por el riesgo que únicamente suelen hallarse entre los fundadores de una secta religiosa o en los miembros de un comando terrorista.

Muchas cosas han sucedido en el Taller desde entonces: proyectos, trabajos, investigaciones, alegrías, dificultades, fracasos y realizaciones. De mis lecturas, estudios e informes, de mis conversaciones con Ricardo Bofill, que consigue a veces sacarme de quicio a la hora de proponer la mayor cantidad posible de imágenes para cada proyecto, y de mi continuado trabajo con Anna Bofill, Manuel Núñez Yanowsky, Peter Hodgkinson, Salvador Clotas, Ramón Collado y Serena Vergano -por citar sólo a la gente que tengo más cerca en mis intervenciones-, fui acumulando una serie de imágenes y temas que luego expresé en muchos de los poemas aquí reunidos.

Este libro, por tanto, debe mucho al esfuerzo, a la cooperación y a las realizaciones de los miembros del Taller de Arquitectura. No puedo, entonces, dar las gracias a mis compañeros, porque algunos de estos poemas son, en cierto modo, suyos.

José Agustín Goytisolo

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